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FILANTROPÍA/ Nueva visión de la caridad

Por Felipe Vega, fundador y director general de CECANI Latinoamérica, empresa de capacitación de asociaciones civiles y otras figuras no filantrópicas.

Algunas personas dicen que no se ayuda a los pobres dándoles dinero, sino dándoles oportunidades para ganarlo. Esto está detrás de las campañas periódicas para limitar las prestaciones sociales para fomentar el trabajo. Pero, ¿es una limosna necesariamente diferente de una dádiva?

En la época victoriana, era común distinguir entre los pobres «merecedores» integrada por ancianos, huérfanos y discapacitados y los pobres que no lo merecían, como los sanos que podían trabajar y a los que se les daba suficiente ayuda para sobrevivir, pero a un nivel bajo para animarlos a conseguir trabajo.

El lenguaje cambió, pero no la distinción entre los pobres que merecen ayuda y los que no.

El tema de la redistribución de la riqueza tiende a generar conflictos y, ocasionalmente, romper amistades, a menos que exista una donación caritativa. Cuando los que tienen dan libremente a los que no, la mayoría de la gente lo ve como un motivo de celebración, no de queja.

Pero las limosnas cayeron en tal descrédito que el propio Papa Francisco sintió la necesidad de defenderlas. «La ayuda siempre es la correcta. Pero, ¿qué pasa si le doy a un mendigo unos cuantos dólares y él los gasta en una copa de vino? Si una copa de vino es la única felicidad que tiene en la vida, está bien».

La noción de que las limosnas podrían ser contraproducentes para fines caritativos no es una opinión peculiar hoy en día, aunque la lógica que la sustenta tiene una cosecha bastante reciente. En Occidente, hasta hace unos pocos cientos de años, ayudar a los menos afortunados era un proceso bastante sencillo.

“…Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber; fui forastero, y me acogisteis; desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; estuve en la cárcel, y vinisteis a mí”

Más allá de las comodidades proporcionadas por el contacto humano, la ayuda que se puede proporcionar a los «últimos» entre nosotros es dar limosna, ofrecer dinero u otra ayuda directamente a los pobres. Esta asistencia es el más antiguo de los ejercicios filantrópicos. El hecho de que ya no sea el más venerable dice mucho sobre cómo la ética de la caridad ha cambiado con el tiempo.

Hoy, realmente, tratamos de justificar la inequidad con una noción velada de que algunos no tienen el merecimiento para tener una vida mejor y digna. Esto es el sustento de prácticas perniciosas como el populismo, que acoge a los más pobres como dignos de compasión y ayuda paternalista, pero no ahonda en prácticas para dignificar su vida.

Es decir, se opta por programas sociales indiscriminados y opacos con fines electorales, pero no se transparentan acciones y beneficiarios que si realizan las figuras no filantrópicas.

Es necesario que la filantropía se profesionalice en aras de ayuda verdadera para los menos favorecidos. No es crearles dependencia o simbiosis, no es la ayuda que se le da a los perros cuando se les tira un mendrugo. Es ofrecer ayuda, si, pero también dignidad y esperanza.

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