La pechuga de pollo brasileña ha ganado terreno en el mercado mexicano a un ritmo que ya preocupa a la industria avícola nacional. Lo que comenzó como una mayor competencia por el consumidor ahora es presentado por los productores como un riesgo para las inversiones, el empleo y la actividad económica de comunidades rurales. De …
Pollo brasileño pone en alerta a productores mexicanos: importaciones crecen 118% y amenazan empleos rurales

La pechuga de pollo brasileña ha ganado terreno en el mercado mexicano a un ritmo que ya preocupa a la industria avícola nacional. Lo que comenzó como una mayor competencia por el consumidor ahora es presentado por los productores como un riesgo para las inversiones, el empleo y la actividad económica de comunidades rurales.
De acuerdo con cifras de la Agencia Nacional de Aduanas de México (ANAM), citadas por la Unión Nacional de Avicultores (UNA), las importaciones de pechuga de pollo deshuesada proveniente de Brasil pasaron de alrededor de 90 mil toneladas en 2022 a más de 196 mil toneladas en 2025, un incremento de 118% en apenas tres años.
Para el sector mexicano, el crecimiento de estas compras externas ocurre en un momento particularmente complejo. La UNA estima que entre agosto de 2025 y el 12 de agosto de 2026 la industria productora de pollo acumuló pérdidas superiores a 27 mil millones de pesos, mientras la incertidumbre comienza a pesar sobre nuevos proyectos de inversión.
El impacto va más allá de las granjas
Lorenzo Martín Martín, presidente del Consejo Directivo de la UNA, advierte que el efecto de las importaciones no se queda en las empresas avícolas. Cada reducción en la producción, sostiene, tiene consecuencias en una cadena económica que involucra trabajadores, transportistas, proveedores y familias enteras.
“Cuando un productor deja de crecer, no se frena solamente una granja: se frenan empleos, compras a proveedores, transporte, servicios, inversión y oportunidades para las familias que viven en esas comunidades”, señaló.
La dimensión laboral es uno de los principales argumentos de los productores. Según la organización, la industria mexicana del pollo genera más de 886 mil empleos directos e indirectos.
Sus cálculos señalan que por cada mil toneladas de pechuga deshuesada importada se dejan de producir aproximadamente 4 millones de pollos y 280 empleos. Bajo esta estimación, la UNA sostiene que desde 2022 el crecimiento de las importaciones brasileñas habría evitado la generación de más de 40 mil 700 puestos de trabajo.
Europa podría aumentar la presión sobre el mercado mexicano
A la expansión de las importaciones se suma otro factor que mantiene atentos a los avicultores: las nuevas reglas de la Unión Europea para productos de origen animal.
La Comisión Europea confirmó que a partir del 3 de septiembre de 2026 entrarán en aplicación restricciones relacionadas con el uso de determinados antimicrobianos en animales destinados a la producción de alimentos.
Para la industria mexicana, el cambio podría provocar que parte del volumen que Brasil deje de colocar en Europa busque nuevos destinos comerciales. México aparece entre los mercados que podrían recibir una mayor presión, según la preocupación expresada por la UNA.
Los productores mexicanos también consideran que Brasil parte de una posición competitiva favorable debido a su disponibilidad de tierra, agua, granos y otros insumos. En contraste, señalan que la industria nacional enfrenta costos relevantes en materias primas que deben adquirirse en dólares.
Piden cambiar las reglas de importación
Ante este escenario, los avicultores plantean modificar el esquema comercial vigente para la pechuga deshuesada brasileña. Su principal petición es eliminar la exención arancelaria aplicada desde 2022 y sustituirla por un cupo de importación.
La propuesta, explican, permitiría mantener el ingreso de producto extranjero para complementar el abasto nacional, pero bajo reglas que eviten que las importaciones terminen desplazando a la producción mexicana.
El planteamiento busca, según la organización, encontrar un punto de equilibrio entre el comercio internacional y la protección de una actividad que tiene un peso importante en las economías rurales.
Martín Martín rechazó que la intención sea cerrar el mercado mexicano.
“No pedimos cerrar las fronteras, pedimos reglas equilibradas”, afirmó.
La discusión, así, se desplaza del precio de una pieza de pollo al impacto que puede tener una política comercial sobre toda una cadena productiva. Para los avicultores, el desafío consiste en mantener abierto el mercado sin que esa apertura termine reduciendo la capacidad de México para producir sus propios alimentos, generar empleos e impulsar inversiones en el campo.
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