Especialistas de la UNAM llaman a los gobiernos a preparar refugios frescos, garantizar hidratación y reforzar la vigilancia ante los posibles efectos del fenómeno climático.
México podría enfrentar durante 2027 una combinación de calor extremo, periodos de sequía, mayor riesgo de incendios y más días con mala calidad del aire debido a la influencia de El Niño. Aunque sus efectos no serán iguales en todo el país, especialistas de la UNAM advierten que el fenómeno podría modificar los patrones de lluvia y temperatura en distintas regiones.
Ante este escenario, recomendaron a los tres niveles de gobierno comenzar desde ahora con medidas de preparación, particularmente para proteger a la población durante los episodios de temperaturas extremas.
Refugios frescos para enfrentar el calor
Entre las acciones propuestas destaca la habilitación de refugios frescos, equipados con agua para hidratación y atención médica, que permitan atender a las personas más vulnerables cuando se presenten jornadas de calor extremo.
La recomendación cobra relevancia ante la posibilidad de que las altas temperaturas coincidan con condiciones secas, lo que podría aumentar sus efectos sobre la salud y favorecer otros riesgos ambientales.
Los especialistas también plantearon medidas para disminuir el calentamiento en las ciudades, como retirar superficies de cemento y pintar de blanco las azoteas, estrategias que pueden contribuir a reducir la acumulación de calor en los espacios urbanos.
Lluvias irregulares y mayor riesgo de sequía
Los efectos de El Niño dependerán de la región y de la época del año. Uno de los periodos que concentra mayor atención es abril-junio, cuando podría disminuir la precipitación en el centro, sur y sureste del país.
La reducción de lluvias podría traducirse en condiciones más secas y elevar el riesgo de sequía, con posibles repercusiones tanto para las ciudades como para las actividades agropecuarias.
En contraste, durante enero-marzo podrían registrarse mayores precipitaciones en el noreste de México, lo que muestra que el fenómeno no implica un mismo comportamiento climático para todo el territorio nacional.
Incendios: otro de los riesgos para 2027
El periodo comprendido entre febrero y junio podría presentar una mayor posibilidad de incendios. La combinación de temperaturas elevadas y condiciones más secas puede favorecer la propagación del fuego y aumentar la presión sobre ecosistemas y comunidades.
Por ello, los especialistas consideran necesario fortalecer los sistemas de vigilancia y las alertas tempranas, particularmente en las regiones donde las condiciones ambientales incrementen el riesgo.
Para el sector agrícola, recomendaron proporcionar a los productores información climática regional y oportuna, de manera que puedan tomar decisiones sobre las semillas y los periodos de siembra con base en las condiciones previstas para cada zona.
El Niño podría intensificarse
Las señales actuales apuntan a un fortalecimiento del fenómeno, con la posibilidad de que alcance una intensidad muy fuerte hacia finales de 2026. De concretarse este escenario, sus efectos podrían extenderse hacia 2027 y modificar nuevamente los patrones de temperatura y precipitación.
También se anticipan cambios en las lluvias y un mayor contenido de calor en el Pacífico mexicano. Entre septiembre y noviembre podría aumentar la probabilidad de que se presenten huracanes de categoría mayor, mientras que durante otoño e invierno podrían registrarse frentes fríos más severos.
Sin embargo, los especialistas subrayan que estos escenarios no se manifestarán de la misma manera en todas las regiones y que su intensidad dependerá de la evolución del fenómeno y de las condiciones atmosféricas de cada temporada.
Prepararse antes de que llegue el calor
Más allá de esperar a que se presenten los episodios extremos, el llamado de la UNAM apunta a anticiparse. La habilitación de espacios frescos, la disponibilidad de agua y atención médica, el fortalecimiento de alertas y una comunicación climática adaptada a cada región forman parte de una estrategia de prevención.
Para las ciudades y el campo, la preparación puede marcar una diferencia frente a un escenario en el que calor, sequía, incendios y alteraciones en las lluvias podrían presentarse de manera simultánea o sucesiva.
El reto para 2027, señalan los especialistas, será convertir las previsiones climáticas en acciones concretas que permitan reducir los riesgos para la población, los ecosistemas y las actividades productivas.

