Raúl Trejo Delarbre
En México hay 105 millones de usuarios de Internet. Constituyen más de 86.1% de la población de 6 y más años. Aún no todos los mexicanos están conectados, pero la cobertura de la Red de redes ha crecido de manera muy notable. En 2015 sólo 57.4% de la población de esa edad utilizaba Internet.
En promedio, los mexicanos que se conectan a Internet lo hacen durante 4.4 horas cada día, pero los jóvenes de 18 a 24 años durante casi seis horas diarias. Nueve de cada 10 mexicanos en línea son usuarios de redes sociodigitales.
Al mismo tiempo que crece el consumo de contenidos en línea, disminuye el de medios concentrados. En 2025, por primera vez en décadas, la mayor parte de los mexicanos declaró que no ve la televisión abierta. En el año anterior, 2024, 53% de los habitantes de 6 o más años en nuestro país veía la televisión. Ahora es 49.1%, frente a 50.9% que no lo hace.
En algunos estados, la cantidad de personas que no ve la televisión abierta es mucho mayor: en Campeche 70.4%, Quintana Roo 69.1%, Baja California 68.1%, Oaxaca 66.5%, Baja California Sur 66.1%. El Estado de México con 33.1% y la Ciudad de México (40.1%) son las entidades en donde menos personas, en términos porcentuales, han dejado de mirar la televisión tradicional.
La radio, en 2024, era escuchada únicamente por 31% de los mexicanos de 6 y más años. Ahora es sólo 29.8%. Con 7 de cada 10 mexicanos que no la oyen, la radio va en camino de ser un medio marginal. En Chihuahua, quienes sí la escuchan son 42.3%, en Aguascalientes y Sonora 41%. Pero en Guerrero solamente 14% utiliza ese medio, en Campeche 19%, Chiapas 24%, Morelos 24%, Durango 25%. En la Ciudad de México los escuchas de radio somos 37.2%.
Es difícil considerar que en amplias zonas del país no se mira la televisión, ni se escucha la radio debido a que la radiodifusión no llega a todas ellas. Cuando la Encuesta del INEGI pregunta a quienes no ven televisión abierta por qué no tienen ese hábito, solamente 4.7% en el plano nacional declara que no lo hace porque en su localidad no hay servicio. En los estados con altas cifras de abstención televisiva, en Campeche 74% dice que no la ve porque no le interesa o no le hace falta, en Quintana Roo ascienden a 85%, en Baja California son 91% y en Oaxaca, 49%. En la misma Oaxaca se registra el índice más alto de personas, 13%, que dicen que no ven televisión porque en donde viven no llegan las señales de ese medio.
Algo similar sucede con la radio. La amplia cobertura de sus señales propicia que la falta de acceso a ella sea un motivo poco frecuente (1.2%) para que los mexicanos no escuchen ese medio. En el promedio nacional, 66.6% de quienes no la sintonizan dicen que no les interesa, o no la necesitan. Entre los estados con menos audiencia de la radio se encuentran Guerrero en donde 47% manifiesta que ese medio no le interesa, Campeche y Chiapas con 52%, en Morelos son 68% y en Durango 64%.

En busca de audiencias los medios convencionales han migrado a los espacios en línea y, allí, sus contenidos compiten en una jungla digital en donde las reglas y jerarquías son algorítmicas y en donde la calidad informativa no es necesariamente el criterio dominante. En el afán de lograr clics que les permitan compartir pequeñas porciones de audiencia y de ingresos, incluso los medios más profesionales ofrecen novedades de la farándula, imágenes extravagantes, videos de situaciones insólitas, recetas de cocina y flirtean con el escándalo, la ordinariez y la seudociencia. La prisa por difundir novedades que puedan conmover a los usuarios, conduce a la propagación de informaciones sin verificar que en ocasiones resultan falsas.
La búsqueda de clics y el desesperado afán para mantener por unos segundos más la atención de los usuarios ha trastocado la redacción de las informaciones periodísticas. La pirámide invertida, que de acuerdo con los cánones del periodismo profesional colocaba al comienzo el meollo de la noticia para después relatarla, desglosarla o explicarla, ahora es reemplazada por un estilo efectista y tramposo que va dosificando migajas de información para que los lectores recorran varias pantallas hasta el desenlace, habitualmente anticlimático, de esas notas.
Los medios profesionales se encuentran entre los pocos actores del entorno comunicacional con recursos y capacidad institucional para verificar sistemáticamente las informaciones y desmentir falsedades. Sin embargo, con frecuencia tales medios se mimetizan con el formato simplificador, trivializante y polarizador de las redes sociodigitales. Los mensajes obligatoriamente breves, la preeminencia de imágenes en demérito de los textos, el entremezclamiento de asuntos muy variados y la ya señalada selección algorítmica de contenidos complacientes con nuestras preferencias, tienen dos consecuencias que afectan al intercambio democrático. Por una parte, en esos espacios digitales la discusión argumentada es muy difícil, cuando no imposible. Además, la esquematización de puntos de vista refuerza la polarización política e ideológica. La desinformación encuentra, en tales condiciones, un campo favorable para expandirse.
Los medios profesionales, cuando los hay, se encuentran agobiados en primer lugar por la competencia en un entorno desfavorable a los discursos elaborados y de calidad. En segundo término, son perseguidos por gobernantes autoritarios y/o populistas. Además, padecen la ya señalada caída de sus audiencias. En México, de acuerdo con el especialista en opinión pública Alejandro Moreno, en 1997 el 51% de los ciudadanos confiaba en la prensa; para 2023 era solamente el 27% (La evolución cultural en México. Cuatro décadas de cambio de valores 1982 – 2023, Banamex, 2025, p. 254).
Sometidos muchos de ellos a intereses distintos a los de sus audiencias, identificados con grupos de poder que trafican con informaciones política y financieramente intencionadas, o simplemente subyugados por el negocio en demérito del servicio, muchos medios de comunicación se han ganado el desinterés e incluso la desconfianza de los ciudadanos. En México conocimos, durante casi todo el siglo XX, las pobrezas de un periodismo mayoritariamente supeditado al poder político y de un sistema de medios privados que entretenía con escasa creatividad y sin diversidad. La llegada de variadas opciones digitales, especialmente en streaming, ha beneficiado significativamente el consumo mediático y cultural de los mexicanos.
Apenas hasta los últimos años del siglo pasado el periodismo y la creación profesional de contenidos pudieron desplegarse con libertad, aunque no crearon un mercado suficientemente amplio. El acoso a medios e informadores independientes ha limitado el desarrollo de ese periodismo precisamente cuando hace más falta. A la desinformación es imposible enfrentarla sin medios y periodistas capaces, con recursos materiales, autoridad profesional y, así, confianza por parte de los ciudadanos.
El sistema educativo tendría que promover la alfabetización mediática y digital para que las personas estén alertas ante la desinformación. Pero lejos de reconocer la presencia e importancia de los dispositivos y contenidos digitales, en México, siguiendo una inopinada pero popular corriente internacional, en las escuelas se prohibe el uso de teléfonos celulares en vez de educar para utilizarlos de manera inteligente y creativa.
El desplazamiento de las audiencias desde la televisión y la radio hacia las redes digitales modifica la estructura de la comunicación pública. Durante décadas, unos cuantos medios seleccionaban y jerarquizaban buena parte de las noticias, imágenes y versiones de la realidad que recibían las sociedades. Ese poder concentrado era por definición autoritario y tenía enormes capacidades manipuladoras, pero establecía referencias informativas que formaban parte de las identidades de cada sociedad. En el entorno digital, en cambio, las fuentes se multiplican, las agendas se fragmentan y cada usuario recibe un repertorio diferente de contenidos, seleccionado tanto a partir de sus propias preferencias como por los algoritmos que utilizan las plataformas.
Las redes digitales propagan falsedades, aunque también amplifican la voz de los ciudadanos y sus capacidades para relacionarse entre sí. Las empresas que controlan a esas plataformas tienen la responsabilidad de establecer sistemas de verificación profesional para identificar, y en su caso etiquetar o retirar, contenidos intencionalmente falsos cuya propagación puede causar daños a la participación cívica o a la reputación de los actores políticos. Esos sistemas han funcionado con regular eficacia pero recientemente, Facebook e Instagram los han cancelado para condescender con el gobierno de Estados Unidos que demandó que no hubiera tal verificación a cargo de especialistas y profesionales de la información. “X” asumió un desigual sistema de verificación a cargo de usuarios auto seleccionados. Las universidades deberían crear observatorios de la desinformación y del entorno digital, con análisis puntuales de lo que se dice en el diversificado ecosistema comunicacional y sus posibles consecuencias.
Todos esos son recursos necesarios. Pero antes que nada, de la misma manera que el único antídoto ante la mentira es la verdad, para enfrentar a la desinformación hace falta información clara, contextualizada y creíble.
Esa información no puede prosperar sin la exigencia, pero además el escrutinio enterado de los ciudadanos interesados en ella. Cuando la desinformación prospera y logra confundir o paralizar a las personas, es porque el recelo o, en otros casos el fanatismo, las conducen a creer en versiones falsas. Los individuos dan crédito a informaciones que reciben, y de manera más amplia asumen o modifican sus simpatías y convicciones, de acuerdo con sus circunstancias. Las informaciones que encuentran en los medios convencionales, lo mismo que en los espacios digitales, las procesan según esas creencias y a partir de sus experiencias y contextos.
Así, la pérdida de centralidad de la televisión, la radio y la prensa no significa que su antiguo poder simplemente haya transitado hacia las redes digitales. El poder comunicacional se ha dispersado entre plataformas, algoritmos, medios, creadores de contenidos y, en menor medida, los propios usuarios. En ese ecosistema fragmentado, abundante y de incesante producción de contenidos, las personas seleccionan, interpretan, aceptan o rechazan la información que reciben.
Las personas no son marionetas automáticamente manipulables por la desinformación. Como han ratificado recientemente Alice E. Marwick y Katherine Furl, investigadoras del entorno digital: “Cincuenta años de investigación sobre los efectos de los medios de comunicación indican que las personas no son simplemente lavadas de cerebro por los medios, por muy extremos que estos sean”. Reconocer esa capacidad de interpretación no significa minimizar los efectos de la desinformación. Las falsedades no son inoculadas en individuos pasivos. La supuesta teoría de la aguja hipodérmica ha sido una impostura desde hace décadas. Las noticias falsas prosperan cuando refuerzan recelos previos, creencias arraigadas o identidades políticas respaldadas en miedos o agravios que las hacen verosímiles porque la complacencia a menudo importa más que la verdad. Por eso combatir las mentiras en los medios y en las redes exige información de calidad, pero también ciudadanos capaces de identificarla, ponerla en contexto y discutirla.
